El riesgo es dejar de pensar
La tecnología debe ser una herramienta poderosa al servicio del ser humano, no un sustituto de su pensamiento. El progreso no se mide solo en eficiencia, sino en conciencia. Porque cuando dejamos de pensar, otros piensan por nosotros.
INTELIGENCIA ARTIFICIAL


El riesgo no es la tecnología.
El verdadero riesgo es dejar de pensar.
He trabajado, aprendido y disfrutado la tecnología y sus avances durante más de veinticinco años. He vivido en primera persona, una de las revoluciones más profundas de la historia humana. Reconozco mi fascinación por su poder y por la manera en que ha transformado casi todos los aspectos de nuestra vida.
La tecnología ha cambiado cómo nos comunicamos, cómo trabajamos, cómo nos informamos, cómo nos gobiernan… e incluso cómo amamos. Hoy, una llamada telefónica o una conversación cara a cara se sustituyen, muchas veces, por un mensaje de texto o un audio de WhatsApp. En el amor y en la amistad, los besos y los abrazos se han traducido, en buena medida, en emojis. Dejar a alguien “en visto” o publicar algo fuera de lugar puede generar una ansiedad tan real como cualquier otra.
Ha mejorado en muchos sentidos nuestra calidad de vida. Ya no es necesario hacer largas filas en bancos o instituciones públicas para realizar trámites que antes implicaban tiempo, desplazamientos y, en muchos casos, discrecionalidad. Gracias a la digitalización, muchos procesos se han automatizado y se han vuelto más eficientes.
En el mundo laboral, la tecnología abrió la puerta al trabajo remoto. Esto ha traído beneficios enormes: flexibilidad, conciliación familiar y acceso a oportunidades globales. Pero también ha puesto sobre la mesa retos como: la reducción de la interacción social, el aislamiento y, paradójicamente, la disminución de espacios donde surgen la creatividad, la innovación y el pensamiento colectivo.
Como catedrática universitaria, recuerdo que hace algunos años uno de los principales desafíos era evitar que los estudiantes hicieran sus tareas copiando y pegando contenidos de Wikipedia, sin reflexión ni aplicación práctica. Hoy, con el avance acelerado de la inteligencia artificial, ese riesgo se ha multiplicado. Copiar y pegar ya no solo es más fácil: es más sofisticado.
Pero el problema no es la herramienta.
El verdadero riesgo es anestesiar la mente. Perder la capacidad de pensar críticamente. Dejar de cuestionar. Delegar el juicio, la reflexión e incluso las emociones. Corremos el riesgo de ceder la soberanía sobre nuestras ideas, nuestras decisiones y nuestra manera de sentir. Quedamos a merced de algoritmos, contenidos diseñados para capturar atención, narrativas breves, emocionales y superficiales.
Hoy quiero detenerme ahí. No para demonizar la tecnología —sería irrazonable—, sino para advertir sobre un peligro silencioso: el riesgo de dejar de conmovernos, de sentir con profundidad, de pensar con pausa. Hemos caído en el torbellino de la practicidad, del contenido corto, del “scroll infinito”, de la distancia física. Todo es más rápido, pero no necesariamente más humano.
Tal vez por eso, regresar a ciertas bases se vuelve casi un acto de rebeldía. Leer en papel, subrayar, pasar páginas; escribir a mano, tachar, pensar mientras la idea baja del cerebro al papel. No porque lo digital sea malo, sino porque estos gestos nos obligan a desacelerar. A pensar con el cuerpo, no solo con la pantalla.
La tecnología debe ser una herramienta poderosa al servicio del ser humano, no un sustituto de su pensamiento. El progreso no se mide solo en eficiencia, sino en conciencia. Porque cuando dejamos de pensar, otros piensan por nosotros. Y ese, quizá, sea el costo más alto de todos.
Lee mi columna también en el Diario de Centroamérica https://dca.gob.gt/noticias-guatemala-diario-centro-america/el-riesgo-de-dejar-de-pensar/
Publicaciones relacionadas: La Fascinación y la advertencia
