Innovación y relacionamiento estratégico

La fascinación y la advertencia

La inteligencia artificial es una herramienta revolucionaria que multiplica nuestra productividad, pero también puede volvernos pasivos si dejamos de pensar por cuenta propia. El reto no es evitarla, sino usarla para potenciar nuestra curiosidad, creatividad y humanidad, evitando que el confort nos quite la capacidad de razonar y asombrarnos.

Patricia Letona D.

11/6/20252 min read

La inteligencia artificial es, quizá, una de las herramientas más poderosas de todos los tiempos. Nos permite producir más, investigar mejor, procesar millones datos en segundos y convertir tareas complejas o repetitivas en operaciones simples. En muchos sentidos, es como tener un asistente incansable, eficiente, sin emociones. Pero, como una herramienta transformadora, también plantea una contradicción: ¿qué pasa cuando la comodidad nos vuelve pasivos?

El cerebro, como cualquier músculo, necesita ejercitarse. Si dejamos que la máquina piense, calcule, escriba o decida por nosotros, corremos el riesgo de atrofiar esa poderosa capacidad de razonar, cuestionar y crear que tenemos. La historia de la humanidad ha sido, una historia de necesidad: fue la urgencia de sobrevivir o avanzar la que encendió la chispa del ingenio.

Cuando el ser humano dominó el fuego, no solo se defendió del frío y los depredadores: aprendió a compartir y a crear comunidad. Fue el primer gran salto de supervivencia de la civilización.

Luego vino el lenguaje, que nació de la necesidad de coordinar esfuerzos, de cazar en grupo, transmitir lo aprendido. Con él, aprendimos a construir realidades a partir de las palabras y a transmitir el conocimiento.

La agricultura nos empujó a dejar de ser nómadas. Transformó al ser humano en arquitecto de su comunidad, pero también lo encadenó al trabajo, la propiedad y la jerarquía social.

La ciencia y la revolución industrial respondieron a la necesidad de comprender y dominar la naturaleza. Surgió de preguntar, dudar, observar, confiar en la evidencia y no solo en la tradición. El ser humano dejó de esperar milagros y se dispuso a crearlos.

Cada salto evolutivo fue impulsado por una una incomodidad, un problema que resolver. Fue la necesidad la que nos enseñó a avanzar. Pero también, cada avance nos ofreció confort. Y es aquí donde nos encontramos hoy, frente a la inteligencia artificial, una herramienta tan poderosa como el fuego, tan transformadora como la agricultura o la ciencia, pero que también puede adormecer nuestra mente si la dejamos toda la tarea pensar por nosotros.

No se trata de renegar del progreso. La inteligencia artificial no debe reemplazar nuestra humanidad, sino potenciarla. Si la usamos para multiplicar nuestras capacidades, aprender más y liberar tiempo para lo verdaderamente humano como, crear, cuidar, pensar, compartir, entonces será un aliado. Si, en cambio, la dejamos pensar por nosotros, tomará el control… no exactamente como en las películas de ciencia ficción, sino en uno mucho más sutil: perderemos la curiosidad y la capacidad de asombro.

Hay habilidades que serán determinantes para sobrellevar con éxito el mundo que se viene. Debemos desarrollar nuestra capacidad de identificar patrones (dicen que la historia tiende a repetirse); abstraernos y ver las cosas con perspectiva, más allá de lo inmediato. Es vital cultivar la curiosidad, la sensibilidad, la contemplación, la empatía, la disciplina y la intencionalidad. También debemos aprender a hacer una pausa saludable.

Me entusiasma pensar que pronto encontraremos una cura contra el cáncer o contra enfermedades que hoy parecen incurables. Pero para llegar a ello necesitamos humanos, científicos, creativos, capaces de guiar a la tecnología con propósito.