Rodillas Raspadas
Habrá pérdidas que no podremos evitar o sueños que se convertirán en cenizas. Habrá caídas que dolerán mucho, pero mientras tengamos la capacidad de levantarnos, sacudirnos el polvo de las rodillas y volver a intentarlo, hay esperanza


Recuerdo que uno de mis juegos favoritos cuando era niña era montar bicicleta.
Todavía puedo sentir la emoción que experimenté cuando me regalaron mi primera bicicleta sin rueditas. Para mí representaba libertad, aventura y la posibilidad de llegar un poco más lejos. Sin embargo, esa ilusión duró apenas unas horas. Esa misma noche ocurrió un pequeño incendio en el patio de mi casa y mi bicicleta “se hizo chicharrón”.
Fue probablemente una de las primeras veces que entendí que las cosas que más deseamos pueden desaparecer o simplemente no llegar, que los planes pueden cambiar o hacerse polvo sin previo aviso.
Tiempo después llegó otra bicicleta. No era perfecta. De hecho, era un poco más grande de lo que correspondía para mi edad. Sin embargo, encontré la forma de usarla y disfrutarla. Me caía con frecuencia. Me raspaba las rodillas. Pero había algo más fuerte que el dolor: la sensación de libertad que experimentaba cada vez que lograba mantener el equilibrio y avanzar en el gran campo disponible que había cerca de mi casa.
Por eso, cuando caía, me levantaba. Me sacudía el polvo de las rodillas y volvía a intentarlo. No aprendí a manejar bicicleta en un instante. Aprendí porque cada caída me obligó a intentarlo nuevamente. Lo mismo ocurre con el liderazgo. No surge de un momento extraordinario, sino de pequeñas decisiones repetidas día tras día.
Con los años descubrí que los adultos seguimos cayéndonos, aunque ya no de una bicicleta.
Nos caemos cuando un proyecto fracasa. Cuando perdemos una oportunidad que parecía segura. Cuando una enfermedad aparece sin invitación. Cuando una relación termina. Cuando un negocio no funciona como esperábamos o debemos empezar de nuevo en una etapa de la vida en la que pensábamos que ya teníamos todas las respuestas.
La diferencia no está en la caída. La diferencia está en lo que hacemos después.
La vida termina enseñándonos que para crecer necesitamos desarrollar la capacidad de reponernos ante la adversidad, también nos llama a darnos el permiso de reinventarnos y comenzar de nuevo.
La bicicleta fue parte importante de mi vida, pero quedó como una etapa que disfruté y luego seguí adelante con otras aficiones o proyectos. Crecer también implica reconocer cuándo una etapa ha cumplido su propósito. No podemos aferrarnos para siempre a lo que fuimos si queremos convertirnos en lo que podemos llegar a ser.
Cuando dejamos de esperar que las circunstancias cambien para actuar, recuperamos el poder de transformar nuestra realidad. La responsabilidad puede parecer pesada al principio, pero es el precio de la libertad y de crecer. Mientras culpamos a otros, entregamos el control de nuestra vida. Cuando asumimos nuestra parte, recuperamos la posibilidad de cambiarla.
Muchas de las habilidades que hoy valoramos en las personas (la resiliencia, la capacidad de liderar, la inteligencia emocional, la perseverancia) rara vez nacen en la comodidad. Suelen aparecer en medio de la incertidumbre, los errores y las dificultades.
La adversidad tiene una extraña capacidad para mostrarnos fortalezas que ni siquiera sabíamos que poseíamos, pero para que eso ocurra necesita de nosotros sacudirnos el polvo de las rodillas y levantarnos.
Quizás por eso me cuesta creer que ya es demasiado tarde para empezar algo nuevo: para estudiar o aprender algo; para emprender; para cambiar de carrera o demasiado tarde para cambiar de rumbo. Mientras tengamos la capacidad de aprender, todavía tenemos la capacidad de crecer.
La historia está llena de personas que comenzaron sus proyectos más importantes en una edad madura, no porque el camino fuera fácil, sino porque comprendieron que el momento perfecto rara vez llega. Lo que llega es la decisión y determinación firme. El crecimiento rara vez ocurre por casualidad. Ocurre cuando decidimos avanzar aun cuando el camino no está completamente claro.
Muchas veces no dejamos de crecer por haber fracasado, sino porque renunciamos demasiado pronto, por creer que era tarde, por permitir que el miedo al qué dirán tuviera más peso que nuestras propias convicciones. A veces el obstáculo más grande no es la falta de oportunidades, sino la poca confianza en lo que somos capaces de lograr, cuando el impostor o impostor nos confronta.
Al final, quienes critican nuestras decisiones rara vez pagan nuestras cuentas o viven las consecuencias de nuestros sueños no realizados.
Habrá pérdidas que no podremos evitar o sueños que se convertirán en cenizas. Habrá caídas que dolerán mucho, pero mientras tengamos la capacidad de levantarnos, sacudirnos el polvo de las rodillas y volver a intentarlo, hay esperanza
Quizás esa sea una de las formas más auténticas de liderazgo: la decisión de volver a empezar, una vez más, cuando sería más fácil rendirse.
Esta misma columna fue publicada en el Diario de Centroamérica el 5 de junio, 2026
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