El valor de las pequeñas cosas
En estos días he compartido con jóvenes en distintos países, que hace poco dieron un paso que marca un antes y un después en la vida: dejar el hogar.


En estos días he compartido con jóvenes en distintos países, que hace poco dieron un paso que marca un antes y un después en la vida: dejar el hogar.
Algunos comenzaron la universidad fuera de Guatemala. Otros migraron para trabajar en otra ciudad o incluso a otro país.
Entre la emoción de lo nuevo y el miedo natural a la soledad y a lo desconocido, apareció en nuestras conversaciones un tema inesperado: el valor de las pequeñas cosas.
Uno de ellos me dijo: “Uno no se da cuenta de lo que significa llegar a una casa limpia hasta que ya no está”. Otro mencionó cuánto extraña encontrar la comida caliente lista para comer. Alguien más habló de su ropa limpia y planchada, algo que antes parecía automático y que ahora requiere tiempo, organización y disciplina. Y todos me hablaron de la falta que les hace como guatemaltecos, el calor de la familia y los amigos.
Son detalles simples, casi invisibles cuando forman parte de la rutina del hogar. Pero cuando los jóvenes comienzan a vivir solos descubren que detrás de esas pequeñas comodidades hay trabajo, cuidado y dedicación.
Salir de casa es una experiencia universal, aunque cambien las circunstancias. La vive el joven que a los dieciocho años se muda para ir a la universidad en Europa o Estados Unidos, pero también el joven del campo guatemalteco que deja su comunidad para buscar trabajo en la capital o migrar a otro país.
Aunque la realidad de cada uno sea distinta, ocurre algo parecido: de pronto hay que aprender a sostener la vida cotidiana.
Ahora les toca cocinar, limpiar, ordenar, administrar su tiempo y su dinero. También aprender a convivir con personas distintas, adaptarse a códigos sociales nuevos y entender dinámicas culturales diferentes.
Ampliar horizontes tiene un precio. Y una de sus primeras lecciones es descubrir cuánto valor tenían aquellas pequeñas cosas que parecían dadas.
Tender la cama, lavar los platos, ayudar en la cocina o ayudar a mantener la casa limpia y ordenada, pueden parecer tareas menores, pero en realidad ayudan a formar algo mucho más profundo: carácter.
Por eso también vale la pena una reflexión para nosotros, los padres. A veces, por amor o por prisa, caemos en la tentación de hacerles la vida demasiado fácil a nuestros hijos. Pero educar no es solo proteger: también es preparar.
Involucrarlos en las tareas de la casa, enseñarles a cocinar, a colaborar y a cuidar su entorno no es cargarles responsabilidades innecesarias. Es darles herramientas para la vida y hacerles saber que confiamos en ellos.
También es importante enseñarles a equivocarse, a estar solos por momentos y a atreverse a probar cosas nuevas.
El mundo que encontrarán fuera del hogar será exigente, no es fácil navegarlo y necesitarán más que conocimientos académicos. Necesitarán carácter.
Por eso pienso que cuando los jóvenes salen de casa, además de una maleta con ropa o libros, deberían llevar algo aún más importante: una mochila emocional.
Una mochila cargada de valores, hábitos y principios.
Porque al final, lo que realmente acompaña a una persona cuando abre las puertas a un nuevo mundo y sale a buscar su propio camino no es solo lo que lleva en la maleta. Es lo que lleva dentro.
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