Innovar no es una moda
Innovar comienza cuando dejamos de aceptar que las cosas "siempre se han hecho así" y nos atrevemos a preguntar si existe una mejor manera de hacerlas.


Cada cierto tiempo aparece una nueva palabra de moda. Hace algunos años fue transformación digital. Hoy es inteligencia artificial. Mañana será otra. La aprendemos, la repetimos en conferencias, la incorporamos a las presentaciones y nos sentimos fuera de lugar si no la usamos. Ese miedo tiene nombre: FOMO, el temor a perderse lo que otros están haciendo.
Hace unos días conversaba con un amigo que dirige una empresa de tecnología. Me contó que necesita contratar alrededor de doscientos ingenieros en sistemas. No espera que lleguen dominando todas las herramientas que utiliza su empresa; está dispuesto a capacitarlos en los conocimientos específicos. Lo que no puede hacer es esperar cinco años a que las universidades los gradúen mientras el mercado cambia cada seis meses. Pidió apoyo a algunas universidades, pero la respuesta no fue muy optimista y tuvo que salir a contratar fuera. Su preocupación no era la falta de talento. Era la velocidad de adaptación a las necesidades del mercado.
Esa conversación me hizo pensar que el mayor desafío de Guatemala no es tecnológico. Es cultural.
A lo largo de la historia, las grandes transformaciones nunca ocurrieron porque apareció una máquina nueva. El fuego, la imprenta, la penicilina, el microondas o Internet cambiaron el mundo porque alguien fue capaz de reconocer una oportunidad donde otros solo veían un accidente, un experimento o una curiosidad. La diferencia la marca quien tiene la curiosidad, la preparación y la determinación para convertirlos en progreso.
Con frecuencia reducimos la innovación a comprar la tecnología más reciente o hablar de inteligencia artificial. Sin embargo, innovar empieza mucho antes. Comienza cuando dejamos de aceptar que las cosas "siempre se han hecho así" y nos atrevemos a preguntar si existe una mejor manera de hacerlas.
La agricultura es un ejemplo de este desafío. Guatemala sigue siendo, un exportador de materias primas. Vendemos café, cardamomo, banano, azúcar o cacao, pero todavía agregamos poco valor a buena parte de esa producción. Aquí existe una enorme oportunidad.
La innovación no consiste únicamente en producir más, sino en transformar lo que producimos, incorporar tecnología, desarrollar nuevos productos, abrir mercados y lograr que una mayor parte de la riqueza se quede en el país. Aquí es donde la innovación deja de ser un concepto de moda y se convierte en una ventaja competitiva.
Ese cambio no ocurre porque una empresa compre un nuevo software o porque un gobierno inaugure un laboratorio o cursos de innovación. Ocurre cuando la innovación deja de ser un discurso y se convierte en parte de la cultura de una organización y, ojalá, de un país.
Hace poco participé en un foro empresarial donde la eficiencia y la innovación ocuparon buena parte de la conversación. Al finalizar, varios participantes coincidían en que muchas organizaciones ven estos temas como deseables mientras reduzca costos o aumente la rentabilidad. Sin embargo, las empresas que hoy lideran los mercados globales ya no innovan únicamente para ahorrar dinero. Lo hacen porque entendieron que la capacidad de adaptarse, aprender y mejorar continuamente es una condición para seguir existiendo dentro de cinco o diez años.
Si aspiramos a un país más competitivo, más próspero y con mayores oportunidades para las nuevas generaciones, tendremos que dejar de tratar la innovación como una palabra de moda y empezar a vivirla como un valor para convertirla en parte de nuestra identidad.
Columna publicada en el Diario de Centroamérica el 3 de julio de 2026
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