Innovación y relacionamiento estratégico

Hambre de cambio

Hay problemas que uno puede describir con estadísticas y hay problemas que te miran a los ojos. La desnutrición en Guatemala es de los segundos.

Patricia Letona D.

2/24/20263 min read

Hay problemas que uno puede describir con estadísticas y hay problemas que te miran a los ojos. La desnutrición en Guatemala es de los segundos.

Durante la última década, Guatemala ha invertido más de 92 mil millones de quetzales en el Plan Operativo Anual de Seguridad Alimentaria y Nutricional —el POASAN—, el instrumento que coordina a diecisiete instituciones del Estado en la lucha contra el hambre. Un esfuerzo titánico. Y sin embargo, el país sigue ocupando el primer lugar en desnutrición crónica infantil en América Latina y el Caribe, y el sexto a nivel mundial. Casi la mitad de los niños menores de cinco años la padece. En el occidente, la cifra supera el sesenta y ocho por ciento.

El dinero está. La arquitectura institucional existe. Y los niños siguen sin crecer.

Eso obliga a hacerse una pregunta incómoda: ¿estamos resolviendo el problema correcto?

El POASAN tiene enfoque multidimensional —salud, educación, agricultura, infraestructura, protección social— y eso es correcto en teoría. Pero la desnutrición crónica no es solo un problema de calorías ni de presupuesto. Es el síntoma visible de una acumulación de factores que ningún plan operativo puede resolver solo: pobreza estructural, exclusión histórica, cambio climático, baja escolaridad de las madres, patrones culturales de alimentación, y una brecha enorme entre lo que se planifica en la capital y lo que llega —o no llega— a la comunidades.

La desnutrición no es solo falta de alimentos. Es, muchas veces, falta de información pertinente, de acompañamiento y de herramientas para tomar mejores decisiones.

Lo que está en juego no es solo la salud de una generación. Un niño que no se desarrolla bien en sus primeros mil días de vida carga esa limitación el resto de su existencia: menos capacidad cognitiva, menos años de escolaridad, menos productividad, menos ingresos. La desnutrición de hoy es el estancamiento de mañana. Estamos, en el sentido más literal, comprometiendo nuestro futuro como sociedad.

Entonces, ¿qué no estamos haciendo?

Creo que parte de la respuesta está en mirar con otros ojos los micro factores que mueven la aguja de verdad: los hábitos de higiene en el hogar, la preferencia por alimentos ultra procesados sobre los propios y nutritivos, el acceso a agua segura a nivel comunitario, y —quizás el más poderoso de todos— la educación de las niñas, entre otros. La evidencia global es contundente: cuando una mujer tiene más años de escolaridad, sus hijos tienen mejor nutrición, más acceso a salud y mejores condiciones de vida. Invertir en la niña de hoy es invertir en la madre de mañana.

Nada de esto es nuevo en el debate. Lo que falta es avanzar con la convicción de quien sabe que el tiempo se agota —y con la creatividad de quien entiende que los modelos tradicionales ya dieron lo que podían dar.

Aquí es donde la innovación social entra en escena, no como moda sino como necesidad. Innovar implica cambiar la lógica del problema. Es tomar una idea, un proceso, un modelo, y llevarlo a la práctica de manera que aporte valor y genere un cambio de comportamiento en la vida de las personas.

Hay mucho más que decir. El problema no es la falta de voluntad ni la ausencia de recursos. Es que seguimos buscando soluciones del siglo pasado para un problema que exige imaginación, datos y, sobre todo, la decisión colectiva de no acostumbrarnos a que casi la mitad de nuestros niños no alcance su potencial.

Guatemala tiene hambre de cambio. La pregunta es si tenemos el coraje de rediseñar el futuro.