El costo de no escuchar
Saber escuchar se ha convertido en una habilidad extraordinaria. Estamos perdiendo la capacidad de mirarnos a los ojos y estar presentes.


Ha comenzado a llover mientras escribo. Desde mi ventana veo caer el agua, pero al poner atención descubro algo más: las gotas no suenan igual sobre las hojas, un charco o el concreto. La lluvia tiene ritmos y pausas. Para distinguir sus matices tuve que detenerme y escuchar.
Saber escuchar se ha convertido en una habilidad extraordinaria. Estamos perdiendo la capacidad de mirarnos a los ojos y estar presentes. Una vibración o la ansiedad de encontrar algo nuevo en la pantalla del celular bastan para interrumpir una conversación.
Nunca habíamos tenido tantos medios para comunicarnos y, sin embargo, pocas veces habíamos prestado tan poca atención.
No basta con oír palabras. Hay silencios, cambios en el tono de voz, miradas que se apartan y frases incompletas. Ese universo aparece cuando prestamos atención sin prisas, sin distracciones y sin preparar la respuesta mientras el otro habla.
Sentirnos escuchados y vistos no debe ser un lujo. Es una necesidad humana. Según la OMS, una de cada seis personas experimenta soledad. Tal vez una parte de ella no provenga de la ausencia de gente, sino de la falta de atención verdadera.
Un niño que recibe un “ajá” de un adulto que no aparta la vista del celular aprende que lo que tiene que decir no importa. Si la escena se repite, deja de compartir lo que siente o le ocurre.
También pasa con los adultos mayores. Han acumulado historias, pero se encuentran con nuestra impaciencia. A veces solo quieren revivir un recuerdo, compartir consejos o sentirse acompañados.
Profesionalmente diseño estrategias de comunicación y relacionamiento en contextos complejos. He confirmado que ninguna estrategia alcanza todo su potencial si antes no hemos escuchado y comprendido lo que se ve más allá de la superficie.
Los datos ayudan a comprender la realidad, pero no sustituyen el territorio, las historias ni la experiencia de las personas. Una encuesta muestra tendencias, pero no siempre explica el miedo, la desconfianza o la esperanza detrás de una respuesta. Un panel nos da indicadores, pero no refleja las frustraciones o motivaciones de los clientes. Para entender una realidad hay que acercarse y escuchar incluso aquello que contradice nuestras convicciones.
Diseñar políticas públicas, programas sociales o estrategias empresariales sin escuchar a quienes impactarán no funciona.
Escuchar no es una actitud pasiva. Requiere concentración, intencionalidad, generosidad y valentía. También aceptar que no siempre oiremos lo que deseamos. Tal vez nos confronten o expongan errores que preferiríamos no reconocer.
Muchas veces no escuchamos para comprender. Escuchamos para responder, defendernos, corregir o encontrar el momento de hablar de nosotros mismos.
Una sociedad que no escucha no solo se vuelve más solitaria. También toma peores decisiones. Cuando dejamos de escuchar, perdemos información, desperdiciamos experiencia y levantamos barreras donde podría construirse desarrollo.
Recuperar la escucha puede empezar por guardar el teléfono durante una comida o la reunión de trabajo, mirar a los ojos a quien nos habla o hacer una pregunta más antes de opinar. Escuchar nos sorprende, podemos descubrir un tesoro oculto en las palabras o los silencios del otro.
La lluvia sigue cayendo. Su sonido ha cambiado. Probablemente habría pasado inadvertido si no me hubiera detenido a escucharlo.
Antes de nuestra próxima decisión importante —en la familia, la empresa, una institución o el país— convendría preguntarnos: ¿a quién todavía no hemos escuchado y cuánto podría cambiar nuestra decisión si lo hiciéramos?
MI columna fue publica el 17 de julio en Diario de Centroamérica.


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