El ovido que seremos
La celebración del Día de Muertos debe ser más que una tradición familiar llena de flores y comida y ponernos frente a nuestra propia finitud.


“El olvido que seremos” frase del poeta colombiano Héctor Abad Gómez, nos llama a meditar sobre la muerte, la memoria y la existencia. Nos recuerda que el miedo a desaparecer de la memoria de los otros puede transformarse en una invitación a vivir con intención y gratitud.
La celebración del Día de Muertos debe ser más que una tradición familiar llena de flores y comida y ponernos frente a nuestra propia finitud.
Desde la fe cristiana, entendemos que la muerte no es el final, sino el paso hacia la vida eterna. Esta vida es apenas una preparación del alma para el encuentro definitivo con Dios donde cada acto de amor, cada decisión guiada por la verdad y la generosidad nos prepara para ese encuentro.
Recordamos a quienes han partido, su voz, sus historias, sus gestos, y reconocemos que algo de ellos sigue viviendo en nosotros. No es solo nostalgia: es un recordatorio de que nuestra existencia trasciende mientras somos recordados y que lo que hicimos dejó huella.
Este tiempo es una invitación a mirarnos hacia adentro. A pensar en nuestra propia existencia y en el legado que estamos construyendo. No se trata de tener miles de likes, fortuna, de grandes monumentos ni de fama, sino de los actos cotidianos y de las decisiones que, sin saberlo, inspiran o inciden. Tal vez la verdadera inmortalidad no esté en ser recordados, sino en cómo nuestra presencia transformó la vida de otros.
Vivir con conciencia de nuestra finitud no debería entristecernos, sino despertarnos. Nos recuerda que el tiempo es limitado, que la vida no se puede posponer y que amar y ser amado, agradecer, perdonar o empezar de nuevo las veces que sea necesario, no deben dejarse para después. Vivir sabiendo que un día dejaremos de hacerlo nos invita a elegir con más cuidado en qué gastamos el tiempo, con quién lo compartimos, a qué dedicamos nuestros pensamientos y qué dejamos detrás.
Vivir con intención, desde la generosidad y el agradecimiento es, quizá, una de las mejores decisiones que tomemos. Es reconocer que no controlamos el tiempo, pero sí la manera en que lo habitamos. Abrimos los ojos a lo que somos y a lo que tenemos ahora, sabiendo que nada nos pertenece del todo. En ese reconocimiento humilde y profundo, la existencia se vuelve más ligera y honesta.
En la cosmovisión maya, el Keme simboliza la muerte, pero no como un final, sino como un tránsito y una transformación. Representa el retorno al origen, el cierre de un ciclo y el renacimiento del espíritu. Bajo esta mirada, no morimos una sola vez: morimos muchas veces a lo largo de la vida. Morimos cuando dejamos atrás lo que ya no somos, cuando soltamos un miedo, una herida o una versión vieja de nosotros mismos.
Quizá de eso se trate, de aprender a morir un poco cada día a aquello que nos resta motivos, para vivir con más plenitud; de entender que el olvido no es el enemigo, sino la irrelevancia de haber vivido sin sentido. Nuestras palabras, nuestras acciones, nuestras contradicciones seguirán resonando, de alguna forma, en quienes quedan.
Que esta celebración del Día de Muertos nos inspire a vivir con la conciencia de quien sabe que todo pasa, que el olvido que seremos no es el final, sino la oportunidad de vivir con la profundidad de quien entiende que la vida solo ocurre una vez.
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