Innovación y relacionamiento estratégico

Quinientos metros a la redonda

A veces creemos que para vivir experiencias memorables hay que viajar muy lejos. Yo aprendí que basta caminar quinientos metros para descubrir lugares capaces de alimentar el estómago, la memoria y el corazón.

Patricia Letona

7/31/20263 min read

El mejor revolcado que he comido en mi vida no salió de un restaurante famoso. Llegaba todos los viernes dentro de una bolsa plástica a mi oficina, cuando trabajaba cerca del Congreso de la República. Lo cocinaba la suegra de un compañero de trabajo y viajaba desde San Martín Jilotepeque. Era oscuro, con un profundo sabor a chile y humo de leña. Sabía a hogar.

Con el tiempo descubrí que, en apenas quinientos metros a la redonda, existe un pequeño universo gastronómico escondido en pleno Centro Histórico. Un lugar que muchos asocian únicamente con tráfico, inseguridad o edificios públicos, pero que también guarda espacios capaces de reconfortar el alma.

Los miércoles hay pepián en un comedor ubicado junto a un parqueo de la Sexta Avenida "A". Otro día sirven un Cak'ik memorable. El lugar es apenas una galera con unas cuantas mesas, pero allí funcionaba una de las operaciones más eficientes que he visto. Toda la familia trabajaba como un solo equipo.

Lo más bonito ocurre alrededor de las mesas. No es raro compartir el almuerzo con un desconocido y despedirse veinte minutos después como si fuera un viejo conocido.

A pocos pasos estaba La Cocina de la Señora Pu, donde la cocina guatemalteca encuentra nuevas formas de sorprender sin perder su esencia. Muy cerca, Los Canelones, donde la experiencia siempre ha sido mucho más grande que el tamaño del local. También Donde Checha hay comida que sabe a hogar.

Y después está Roque Rosito.

Entrar allí es como abrir una puerta hacia otra época de la Ciudad de Guatemala. No es un café ostentoso. Más bien parece una antigua casa que el tiempo ha respetado y cuyos dueños han sabido cuidar con cariño. Buena parte del personal lleva años allí y, después de unas cuantas visitas, te reciben con la cercanía reservada para los clientes de siempre.

Fue precisamente allí donde encontré uno de los libros que más recuerdo con afecto: Treinta años de mi vida, de Enrique Gómez Carrillo. Leía algunas páginas cada vez que llegaba a tomar café. El libro era mucho más largo que mis descansos, así que un día les pregunté si podía llevarlo a casa con la promesa de devolverlo. Confiaron en mí. Y yo regresé el libro al terminar de leerlo.

Con los años he comprendido que una buena comida hace mucho más que alimentar el cuerpo.

Quizá por eso cuando vivimos lejos, no soñamos únicamente con un tamal, un caldo o un recado. Lo que realmente extrañamos es la mesa donde nos esperaban, las conversaciones y la sensación de pertenecer a un lugar.

Los japoneses tienen una palabra para describir esa experiencia: ibasho. Es el sitio donde uno siente que pertenece, donde puede ser uno mismo y encuentra una mezcla difícil de explicar de tranquilidad, cercanía y refugio. Un ibasho puede ser la casa, pero también un café, un parque... o un pequeño comedor.

Hoy pienso que esos quinientos metros alrededor del Congreso me regalaron varios ibasho sin que yo lo supiera. Lugares donde no solo encontré buena comida, sino personas, conversaciones, libros y recuerdos que siguen acompañándome muchos años después.

A veces creemos que para vivir experiencias memorables hay que viajar muy lejos. Yo aprendí que basta caminar quinientos metros para descubrir lugares capaces de alimentar el estómago, la memoria y el corazón. Esta vez solo compartí algunos de ellos. Los demás prefiero dejarlos allí, esperando que otros también tengan la alegría de encontrarlos.

Columna publicada en el Diario de Centroamérica el 31 de julio de 2026. 

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